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Nació el 27 de agosto de 1953 en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, Argentina. Es Bibliotecario Documentalista (UADER) Parte de su obra se encuentra publicada en diferentes medios literarios y periodísticos. Ha obtenido premios provinciales y nacionales en poesía y narrativa. Co-autor, junto a Honorio Casaretto, del libro de cuentos “Entre Ríos al sur”, publicado por Editorial Amaru en el año 1994 y reeditado en Internet en el año 2000 por “Libros en Red”. Autor del poemario “A pesar de todo” publicado por Ediciones del Clé en el año 1996. Autor de “Muerto el Pedro se acabó la rabia”, cuento, Editorial Tierra del Sur, Buenos Aires, 2005, con segunda edición en el año 2007. Autor de "Ceibas, tierra grandiosa - Crónicas del País de los Matreros", ensayo, Ediciones del Clé, Paraná, 2007, con segunda edición en abril de 2008. Trabajo seleccionado para su edición por el Programa Identidad de la Subsecretraía de Cultura del Gobierno de Entre Ríos.

Renuncia

Gracias a la Maestra conocí la poesía aunque en ese momento no me di cuenta. El hecho de acostumbrarme a sus gritos, esa manera de maltratar el aire, me ayudó a descubrir la ventana. Ya existía pero no para mí. Sólo veía en el aula la mirada de águila de la Señorita. Y cuando por fin me habitué a esa nariz en cara de pájaro, cuando por adentro le perdí el miedo, comencé a mirar a través de la ventana. El sol pasaba a desgano entre la ramazón de un eucalipto. Los rayos inmaduros me tocaron y supe, sin conocer la palabra, lo que era la emoción. A las ocho de la mañana salían mis ojos en busca del sol. A veces el águila me sorprendía cuando el vidrio había quedado atrás y yo trepaba el gran árbol. En otras ocasiones, un grito desentonado volteaba el pizarrón y yo volvía del eucalipto con sol en las manos y ocupaba mi banco. ¿Será que tan poco sirven las matemáticas cuando hay en la escuela una ventana y un árbol? ¿Será que nunca le sirvió a la Señorita Lucrecia graznar como un pájaro desvergonzado y horrible? ¿Será que el sol en el árbol llama desde afuera? Las águilas siempre cazan de día, había enseñado la Maestra esa mañana. Nunca hubiera imaginado que un águila pretendiera cazar el sol. A la Señorita Lucrecia le molestaba el sol, la ventana y el árbol. Ese día me descubrió. Tenés el sol en las manos, me dijo, y fue suficiente. Salí por la ventana pero no fui al árbol. Metros más allá esperaba mi caballo. El águila, en vuelo desprolijo, rayó la clase, pero no pudo salir del aula. Renegué de las ciencias y de las matemáticas y como premio a esa renuncia, aún conservo el sol en mis manos.

miércoles, 29 de julio de 2009

El Rengo Charles

Era rengo y manco gracias a que un tractor lo pisó y le dejó todo el flanco derecho achatado. Aunque siempre le gustó el fútbol, nunca pensó que podría jugar. La oportunidad llegó en un partido de veteranos; faltaba un nueve y lo metieron sin consultarlo para completar el equipo. Fue una verdadera pérdida para el fútbol local y universal que el Rengo Charles tuviera un debut tan fuera de época en este deporte. Aquel día, el hombre se reveló como un delantero imparable. Le dijeron que se quedara parado ahí y ahí estuvo, hasta que un pase le llegó como del cielo y Charles encaró para el arco. Desde afuera vino el aliento:
-¡Vamos Charles todavía!
El guardavalla salió a cortar, pero a Charles era imposible marcarlo: desorientaba a cualquiera con su natural amague. El arquero -excedido de peso- hizo el achique, Charles lo pasó como alambre caído y logró el primer gol. La algarabía general levantó el ánimo del equipo local, que se fue al ataque con todo. Charles, al descubrir que a los contrarios les era imposible marcarlo, enloqueció. Le llegaban los pases y avanzaba. Los defensores del Arenal no lo podían parar: lo agarraban de la camiseta, le tiraban zancadillas, trompadas, patadas... En una jugada que se iba con peligro de gol, uno de los contrarios lo abrazó de la cintura y lo frenó. El rengo, caliente, se volvió, sacó un puñal que se había calzado por las dudas y le dijo:
-¡Qué mierda querés! ¿Que te achure?
El altercado llamó la atención del juez, quien sin reparos lo echó. Le dijo que se fuera, pero Charles, que ya había perdido el control, le respondió que por qué no lo sacaba él si es que era macho. La cuestión derivó en una rosca descomunal. Los policías de guardia quisieron parar el lío pero sólo lograron agrandarlo. Al agente Peteca Fernández, alías Albañil Pobre porque no tiene un metro, lo primero que le voló fue la gorra, la juntó, y al comprobar que la situación era incontenible, se acercó y pidió que llamaran a los milicos.
-¿Y vos qué sos? -le preguntaron. Imploró entonces que avisaran a la comisaría. Inútiles fueron los ruegos del cura que daba vueltas y vueltas alrededor de la gresca con la intención de apaciguar.
Cuando llegaron los refuerzos, los contendientes se habían aplacado por los golpes y el cansancio en la agotadora jornada de fútbol y boxeo.
En el centro de la cancha, como un monumento, como un símbolo tardío del deporte regional, estaba Charles, la pata renga arriba de la pelota, el cuchillo en la mano y en la boca una frase repetida:
-Que me saquen… que me saquen…













Veteranos antes de entrar a la cancha

martes, 14 de julio de 2009

El grito mudo...

El grito le salió por los ojos, abiertos como para mirar el mundo. Arriba, las cejas, como un arco iris monocromo, contrajeron la frente del goleador con arrugas parejas, definidas.
En la boca, el grito fue un volcán, un cráter abierto al universo. Un grito de adentro, de un adentro que no se reconoce, que no se sabe adónde está, de dónde sale. Y nunca supo cómo sacó ese grito que estalló en su garganta con la fuerza de una catarata sobre el aire. Para afuera fue un golpe de voz, para adentro, silencio. Serenidad para vivir la gloria. Años de esperar este día. La pelota como un pájaro redondo en vuelo hacia el ángulo lejano; el arquero, adelantado y debajo de la comba que lo sobrepasa, nunca llegará a tocarla. Por eso grita el gol que viene como un río en creciente sobre años de sequía, para inundar el alma. Grita gol con los ojos que miran el cielo y miran el arco como en un rezo. Pero sucede que el arquero sabe de estos goles que aún no cruzaron la raya, que sólo un milagro puede salvar y los milagros, en el fútbol, ocurren. Y ahí va, en formidable salto hacia atrás, la pantera. No puede ser, pero se eleva cuando la pelota casi entra en el arco. Se eleva y arquea su cuerpo de manera imposible, es su deber, pero arriesga la vida, no sabe dónde caerá y no le importa, si será de espaldas o de cabeza, si vivirá o no. Siente que el grito pasa a través de él como del aire, siente la risa y el llanto del que cabeceó que grita y llora porque nunca hizo un gol tan lindo, aunque el arquero invalide la gravedad y colgado de una elipsis saque una garra que rasguña la pelota y la levanta sobre el travesaño, justo cuando el goleador grita y fija con la mirada la palabra Gol en el horizonte. Ya es un grito mudo, un grito inverso que vuelve a donde nadie lo conoce. Un sueño roto para llorar sobre el pasto.

Y nunca más la cancha...

Este pueblo está hecho sobre un arenal, arriba de un médano. Vinimos con la última creciente. Pensábamos quedarnos hasta que el agua bajara, pero ya ve, el agua se fue y nosotros todavía estamos. Hay tanto para hacer que siempre estamos ocupados. Lo último que hicimos fue la cancha... La verdad es que el fútbol nos gusta de alma... teníamos club... teníamos equipo, pero no teníamos cancha... por suerte el problema se solucionó, don Severo González nos prestó el terreno para hacer una, con la condición de que no arrancáramos el algarrobo que vino a quedar cerca del área grande. Y bueno... peor es nada, dijimos... Tuvimos que hacer un reglamento nuevo. El árbol participaba bastante ya que el lugar en el que había nacido era un paso obligado en la cancha y muchas veces, la pelota rebotaba en el tronco y cambiaba de dirección y otras veces, el algarrobo se convertía en estrella del partido con goles que unos festejaban y otros lloraban. En una oportunidad, el gringo Benetto, antes de morirse y en furibundo ataque, ensimismado en la gambeta y sin sospechar que el algarrobo estaba tan cerca, le estampó un hermoso cabezazo a una rama baja que quebró y allí quedó, a pagar lo que guste.
El juego de alto era complicado en la zona del árbol, porque si la pelota quedaba entre las ramas, había que dejarla arriba hasta que terminara el partido y continuar con otra. Se llegó a este acuerdo porque era muy difícil saber a quién le correspondía. En invierno no había problema porque el árbol estaba pelado de hojas y el balón pasaba a través de él, la cosa era en verano cuando el algarrobo se tupía y la pelota se detenía en el follaje. Hubo que comprar más pelotas, ya que en partidos reñidos llegó a tener hasta veinte alojadas en su copa.
Como una tribuna incorporada en plena cancha, los loros habían hecho del árbol su lugar de parada. Debido a que la bandada era numerosa y a que los loros cagaban sin pudor, más de una vez hubo que socorrer a jugadores visitantes que no conocían el terreno y que, al pasar por debajo del árbol, patinaban en la caca de loro y ahí caían de lomo, dibujando un sol naciente y después salían maltrechos y olorosos a congraciarse con el público.
Este algarrobo con estirpe deportiva, más de una vez soportó al árbitro Cándido Pino, ya en sus últimas actuaciones. Cándido se sentaba en una horqueta de gruesas dimensiones y desde allí dirigía el partido. Cobraba a grito pelado, si es que la jugada sucedía en el otro extremo de la cancha.
Cierta vez, Domingo Ferrari el malo, enganchó la camiseta nueva en una de las ramas y la rajó de punta a punta. Rabioso, se fue a su casa y al rato apareció con una motosierra para cortar el árbol. Entre todos quisimos detenerlo, pero Domingo estaba como poseído. Con la motosierra en marcha, el malo arremetió contra los que nos habíamos amontonados en defensa del árbol y de la cancha. Estaba claro que si no había algarrobo, no había cancha, pero no lo pudimos parar. En pocos minutos la belleza del algarrobo jugador, quedó resignada y horizontal, como un delantero caído, sin pelotas, sin loros, sin vida y nunca más la cancha.


En esta foto se puede observar el travezaño que sobresale. Servía para colgar camperas, gorros, etc. El fotógrafo estaba apurado pués debía cubrir otro evento y no pudo esperar al Director Técnico que entra por la parte derecha de la foto y al ayudante de campo que viene desde atrás. A lo lejos se ve el famoso árbol.

viernes, 29 de mayo de 2009

Vamos todavía...

El cabezazo fue rotundo y la pelota dibujó una curva burlesca ante la mirada del arquero, azorada primero y resignada después, cuando fue gol ya en el ocaso de la tarde. El partido era el broche de oro de un campeonato relámpago, y por consiguiente, se jugó a última hora. Solteros contra casados. Una modalidad muy difundida en la zona. Los casados, luego de mucho insistir, lograron que integrara el equipo el célebre veterano don Torcido Villafañe. El partido fue tranquilo; reñido, pero tranquilo. No hubo discusiones, peleas, ni juego fuerte. Los solteros dominaban y era lógico. Ganaban uno a cero y los casados sudaban la gota gorda. Ya el sol se había entrado y se jugaba con las últimas claridades. El avance comenzó en el medio campo, luego de que el Barrigudo Roldán encontrara un rebote y desbordara por el lateral derecho hasta cerca del banderín del córner. Entonces el Torcido Villa, que venía en diagonal, entró en el área gritando: -Mandá el centro... mandá el centro... El Barrigudo levantó la cabeza, vio que Villa entraba como traído por un ángel y mandó el centro. Como dije, había poca luz, y el Torcido, experimentado en estas lides, pisó la medialuna y vio que la pelota venía a media altura, servida para una palomita. Con la falta que hacía un gol, no lo pensó dos veces. Se largó, voló como antes y le pegó un espléndido frentazo. Notó la pelota un tanto desinflada, pero vio como entró, sublime, en el ángulo derecho. La excitación del gol lo transformó, se paró enseguida y corrió hacia el centro de la cancha. Besó la camiseta tres o cuatro veces y no pudo contener las lágrimas que, poco a poco, le humedecieron la ropa. Desaforado, gritó y gritó como nunca su obra: -Gol y gol y gol... ¡Golazo...! ¡Vamos carajo...! ¡Vamos, todavía que los tenemos...! Al decir tenemos, se dio cuenta de que estaba solo. Nadie lo acompañaba en el festejo. Miró para atrás y vio en la penumbra, que el partido continuaba, allá, cerca del arco contrario. Volvió decepcionado al lugar del cabezazo y con un dejo amargo, reclamó: -¿Por qué anularon el gol...? -Roldán, que estaba cerca, le aclaró: -Pero, don Villa... ¿no se dio cuenta que cabeceó un tero...? -No puede ser... No puede ser... -dijo y repitió el Torcido mientras dirigía su mirada hacia lugar donde había entrado el balón. Y allí estaba el tero... desaliñado y moribundo, enganchado en la red.

El Torcido Villa, en épocas de gloria, tercero de izquierda a derecha

sábado, 30 de agosto de 2008

Risas de caballo

La escuela siempre fue un mundo lejano al que sólo se llegaba de a caballo. Leguas de pasto, cardos, piedra y hondonadas, que aparecían como relojes de arena acostados en una sucesión de tiempo largo. De espacios a lomo de caballo y de mirar el horizonte como un sueño fácil de tocar.
Este caballo no descansa, inventa fantasías aladas, movimientos de pájaros en su mirar derecho. Cada tarde, a última hora, queda encerrado en un corral para que al otro día, mis ocho años puedan ponerle un bozal, un freno, un cuero de oveja, treparlo como a un árbol y salir para la escuela. Pero a la mañana siguiente, el tobiano, el inventor de pájaros, no está en el corral. ¿Será posible? No fue una. Fueron cien. Mil veces que el tobiano escapó de ese corral. A las seis, cuando aclaraba, yo iba a buscarlo, con esos fríos que hacía antes, de alpargatas, bombachas y guardapolvo y no estaba. Alambrado de siete hilos y la tranquera cerrada, sólo que fuera mágico podría salir, y era. Porque allá se veía el tobiano, al fondo del campito, en el rincón más alejado, lo más tranquilo. Y ahí van mis ocho años con el bozal al hombro, a campo traviesa, en busca del travieso. El campo, un mar de agua helada y verde, y el tobiano como dormido. Estoy a dos metros y ni se entera. Me acerco sigiloso y con modales extremos. A medio metro, el pingo huye. Sale con una estampida. Risas de caballo, aire que golpea la cara y el alma. Allá iré, a la otra esquina, la más distante, a buscar al maldito. Allí continúa el sueño de ser pájaro. Y otra vez el rocío como una lluvia de abajo. Otra vez la seda y el amor para un caballo brujo. Pero ¿cómo salió del corral? No había manera de que saltara el alambrado si a la escuela tardaba dos horas de matungo y viejo. ¿Abriría la puerta para ir a jugar? Hasta hoy me desvela. El tobiano, maestro de la fuga. Cuando la luna aparecía, sólo por ver un caballo con vuelo en la mirada.

Desmesurado amor...

A veces pienso que Dios se divierte con nosotros. Y me pregunto cómo hace para administrar y distribuir el talento, entre otros atributos humanos. A Domingo Ferrari le dio con un caño. Porque Domingo amaba el fútbol de una manera interminable, pareja siempre, y a pesar de su desmesurado amor por este deporte, no fue dotado por el Señor para ejercerlo de manera digna. Nada le hubiera costado al Creador darle esas mínimas condiciones necesarias para entreverarse, no digo esas dosis de arrebato en ponerle destreza a una persona, pero sí algo de talento en concordancia con la pasión del hombre.
Domingo estaba consagrado a su trabajo y al fútbol. Tiempo que no trabajaba, tiempo que jugaba. Ya a las dos de la tarde de todos los días, Domingo aparecía en el campito con su indumentaria deportiva impecable; su trabajo le permitía adquirir el mejor equipo. Nada que envidiarle al seleccionado nacional en cuanto a ropa. Adidas, desde el bolso hasta la gorra; zapatos, medias, pantalón y camiseta, campera y buzo brilloso y todos los demás implementos que usaban los profesionales: canilleras, vendas de veinte pesos, tobilleras y todo eso.
De Boca rabioso, azul y oro, íntegro. Tenía la postura y el tranco de los ganadores. Una manera de mirar inclinado, como quien espera un tiro libre para entrar de cabeza. Miraba por abajo del flequillo y movía la melena como si le molestara a la hora del voleo. Era espigado y alto como un nueve de los buenos y tenía pinta de goleador, pero era crudo, amargo de punta a punta, como quien dice: un perro que no tiene dueño. Por más que practicó nunca logró hacer más dos taponcitos seguidos y nunca en su vida le salió una jugada. Era zopenco hasta el cansancio, una maleta como se dice en el ambiente. Nunca supo del embrujo de una gambeta y, si bien caminando tenía el garbo de los grandes, corriendo parecía un canguro. Si alguien que no lo conocía lo veía entrar al campo de juego, adivinaba en él un alto manejo del balón, pero viéndolo jugar, al toque se daba cuenta de que era más malo que pegarle a la madre con el ojo del hacha. Para cabecear cerraba los ojos de antemano y eso le costó más de un disgusto y un moretón. Cierta vez, en el área contraria, el nueve se aprestó al cabezazo en un corner. El tiro se ejecutó como de costumbre y Dominguito calculó la distancia y el envión, saltó con los ojos cerrados y le dio al poste semejante frentazo. Acto seguido, se desmayó. Y por supuesto, ni olor a gol.
Domingo Ferrari era malo con ganas. Sin ser mal intencionado era bruto como él solo, ya que la falta tacto, distancia y tino, nunca llegaba a tiempo a la pelota y eso significaba una peladura terrible en la canilla o los tapones de las Adidas marcados para siempre en el cuerpo del adversario. En el equipo del barrio siempre lo ponían porque impresionaba y porque era el único que tenía zapatos de fútbol y eso, entre pobres que jugaban descalzos o de alpargatas, era bien visto. En un partido amistoso (menos mal que era amistoso) a Dominguito lo habían puesto en la defensa porque estaba demasiado claro que adelante nunca iba a convertir un gol, ni equivocado y si en la delantera era malo, en la defensa era criminal. Cierta vez en la espera de una pelota que venía de aire, el nueve de dos, se preparaba. Cuando la pelota estuvo casi a la altura del pie, Domingo ensayó un voleo que, como era de suponer, estampó en la pierna de un delantero y la quebró. Pocas veces pudo terminar un partido, ya que barría a los contrarios sin contemplaciones en el ejercicio de su brutalidad. A la segunda jugada violenta venía la amarilla y a la tercera la roja; entonces, afuera el dos con zapatos nuevos, y los contrarios sonreían, maltrechos pero contentos por que iban a conservar la vida.
Domingo, el malo, soñaba con hacer un gol. Soñaba dormido y despierto, se veía besando la camiseta, con los brazos estirados hacia la Bombonera imaginaria, después de un bombazo terrorífico. Su sueño nunca se hizo realidad; todavía ahora, con más años y la misma diligencia, ya retirado, procesado, multado, lejos de los campos de juego por decisión de los demás, Domingo Ferrari, se despierta a la madrugada con la idea fija, traga sus lágrimas y repite como un rezo: un gol… un gol… un golcito…

El aire conmovido

El tiempo que tarda en llegar la pelota desde el cabezazo a la red es eterno. Habría que inventar un reloj que pueda medir ese tiempo. O bien, una máquina que señale el tiempo inverso, desde la red a la cabeza, si es que el gol es contrario. O un aparato que detenga el tiempo para evitar problemas, cuando alguien, en partido complicado, dice: paren el mundo que me quiero bajar. Porque si se baja con el mundo en marcha rodará como bolita de pebete arrabalero. ¿No saben, acaso, que el tiempo es redondo? Que es una pelota en viaje hacia la red. Que ir al cabezazo en el área es olvidarse del mundo y aprender a volar sobre los cuerpos. Que se busca en el golpe la confluencia de la frente y el aire conmovido.
Se sabe que el tiempo viaja en la cabeza y que es la idea que uno tiene de él. Pero cuando el tiempo que es la pelota, atraviesa el aire en dirección al arco, deja un túnel, un espacio donde no hay memoria, un lugar para morir sin que nadie lo note.
No se debe morir después de un cabezazo, como murió el veterano Benetto, cuando le dio de frente a esa pelota humedecida por el rocío, con peso, velocidad y distancia, impulsada desde la línea por el loco Migueles. El gringo se elevó como en los buenos tiempos. -¡Largue!, -gritó, cuando ya era inminente el frentazo, y ahí fue la pelota hacia el ángulo más alejado del arquero que la miró pasar. -Bien ahí..., -dijo Migueles sin notar que el gringo había muerto después del cabezazo o bien se había colgado del túnel abierto para mirar lo eterno, la vida que se va con la pelota.